Artes plásticas. El placer del sueño veinte minutos antes del final.


Tomado de la revista electrónica” Esquife”. Abril 2007.
Héctor Antón Castillo

“Un hombre y una mujer, dos actores de secuencias diferentes de filmes diferentes coinciden en cinco secuencias diferentes de cinco filmes diferentes que se proyectan en cinco videos diferentes en cinco pantallas diferentes al mismo tiempo en el mismo espacio. En cada pantalla coinciden tres imágenes (hombre-actor, mujer-actriz y subtítulo-argumento)”. Según aclara la descripción, el relato amenaza con ser tan experimental como tedioso, tan complejo como sencillo. Solo luego de acudir al statement del argumento, nos percatamos de que “teóricamente” aún no hemos sido excluidos del todo como espectadores despiertos. Es decir: la apariencia conceptual no es la esencia que sustenta la operación crítica del proceso. Esta sospecha provoca adentrarnos en una fusión de remake, reciclaje y desencuentros donde se trocan los límites entre sala de proyección y galería de arte, videoinstalación y loop, ficción y realidad.
Desde su propio título, “Anestesia” (2007) es un producto simbólico matizado por una lógica de la paradoja desconcertante. No es cine, pero se vale de fragmentos de películas “de culto” para configurarse en imágenes. No tiene una pretensión high tech, pero necesita el auxilio de la tecnología para exhibirse. No reconoce una identidad autoral, pero sus ejecutores firman el producto y lo enarbolan como una actitud personal. No cuenta una historia legible, pero emplea recursos narrativos para comunicar una incertidumbre. No es un resultado, pero el proceso se mantiene oculto para una recepción consciente o azarosa. Quizá en los pliegues de sus contradicciones reside el encanto del simulacro. De esta manera, a cada pliegue-trampa debe corresponderle un enunciado que exista como idea a la vez que se diluye como forma.
Basta detenerse en el diseño del catálogo de la muestra para sospechar que Magdiel Aspillaga, Ernesto Oroza y Asori Soto no sobredimensionan lo que realmente buscan. El almanaque y las olas como emblemas del tiempo y la infinitud representan un guiño poético-utilitario que funciona de coartada engañosa a la manipulación de rigor. En cambio, los resortes de “Anestesia” son el espacio y la circunstancia socio-artística en que se insertan sus productores. ¿Qué significan Anna Heche y Jean-Paul Belmondo transitando absurdamente de una pantalla a otra?. Ni siquiera los espectadores maliciosos reparan en el morbo lésbico que despierta la protagonista del remake Psycho (1988) de Gus Van Sant. Mucho menos sobresale la fealdad del ladrón de autos en Sin aliento (1960) primer largometraje de Jean-Luc Godard. Al reemplazarse la magia de la sala oscura por cinco monitores que simulan cinco retablos de títeres humanos, uno recuerda a Michel Foucault estigmatizando al suceso teatral como “la indignidad de hablar por otro”.
Esta “antipieza” reacciona contra el loop clásico visto como ruptura de la narrativa lineal. Sin apelar a la repetición minimalista, “Anestesia” plantea una especie de loop del extrañamiento. Dicha variante no persigue otorgarle a lo virtual una ilusión de realidad, sino inmunizar a quien la soporta contra los finales predecibles. Tal es así que la satisfacción estética de sus creadores sería proporcional al tedio de quienes prefieren hacer vida social en el vernisagge de inauguración antes que comprender una locura ajena. Si de insensibilizar a la multitud se trata, este presunto afán de hermanar arte y política permanece en el terreno de la alegoría o de la especulación simbólica.
“Anestesia” se concibe a partir de una hibridación genérica en materia de soportes y de vínculo de una propuesta artística con su emplazamiento. Pero cómo definir esta “violación del esquema cinematográfico” sin una empatía declarada al campo de los “nuevos medios”. Tanta ambigüedad resalta el interés por descentrar soluciones establecidas como la videoinstalación o el largometraje. En el primer caso, se descarta la fórmula de imprimirle movimiento a la pintura o la escultura fuera de sus marcos habituales como el lienzo o el pedestal. En cuanto a la opción cinematográfica, la balanza se inclina por el reciclaje de ese fetichismo del icono avant-garde, para después vaciarlo de contenido en un gesto antimassmediático que recuerda los bostezos fílmicos de Andy Warhol. Ambas posturas denotan una mezcla de cansancio y búsqueda ante un mundo regido por etiquetas, vicios y compromisos artísticos o comerciales.
La deuda mayor de esta “coartada grupal” se remonta al auge del conceptualismo en los sesenta y a la tradición de la cultura de manifiesto. Asumiendo el proceso como una estrategia de resistencia, Magdiel, Oroza y Asori se nutren de sus incursiones en el diseño o el readymade decorativo, el cine documental o el video clip para colocar la dinámica del equipo de creación por encima del resultado como pose. Solo que al “animar el desencuentro” del público con el material visual, se repite la película de la época de Donald Judd, Daniel Buren o Robert Smithson: el principio del fin se concentra en el suplemento verbal del artista-ensayista convertido en teórico de su obra. En este sentido, la ansiedad de los creadores ante la opción de un distanciamiento poético se iguala al vacío que provocan en quienes sufren el libertinaje del arte contemporáneo. La retronostalgia por los manifiestos como obras de arte sugerida en “Anestesia” genera su validez paradójica: un acierto como idea que se equipara a la decepción de la oferta en secuencias de imágenes.
Si llamar las cosas por su nombre exige una demanda ética, su transgresión en el ámbito del arte constituye un riesgo estético que merece la posibilidad de una alternativa como la que brinda el Miramar Trade Center. Este proyecto articulado por Beatriz Gago bajo el tema de “el lenguaje de la publicidad en relación con el arte” mostrará el trabajo en solitario de jóvenes figuras como Magdiel Aspillaga, Carlos José García, Jorge Wellesley, Ana Olema Hernández Matamoros y Jesús Hernández. Reconforta la presencia de una voluntad curatorial libre de complejos de consagración. Ojalá que las futuras entregas de este ciclo de exhibiciones no logren anestesiarnos de verdad.

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