Sucedió un domingo . Artículo tomado de La Gaceta de Cuba.

Rufo Caballero
Sucedió un domingo

Casi veinte años atrás, Martin Scorsese contó una historia brutal, sobre el homicidio emocional de un pintor informalista. En New York Stories (1989), aparecía Nick Nolte desecho en menudos pedazos, ante el desamor y la malicia de Rosanna Arquette. Ella, una rubia hermosa, hitchcockiana, diletante, en alza; él, un buen pintor de manchas y chorreados, con más de cuarenta años (tal vez con varios más años que cuarenta), entrado y salido en canas, decadente, impetuoso, muy solo.
El conflicto de New York Stories resultaba tan abstracto y dramático como las mismas pinturas que vomitaba Nolte: un homicidio emocional, sin la menor duda. Lo interesante estaba en que el perverso Scorsese invertía de nuevo el programa de la convención: al contrario del típico discurso sobre la objetualización de la mujer por la mirada masculina, Scorsese dibujaba, con una precisión demoledora, el desplome de un hombre enamorado, sujeto a un precipicio emocional sin regreso posible. Nolte triunfaba con su pintura pero se perdía cada día más, presa de la pasión sin futuro: fisgoneaba a Rosanna -incluso cuando esta imploraba la presencia del tercero en la relación-, olía su ropa interior como perro que acude al llamado de la campanita de Pavlov, veneraba la cadenita en el tobillo de Rosanna como quien descubre un arca de diamantes. Conocedor de la condición humana, Scorsese sospechaba que el juego trágico de los géneros es mucho más complejo que esa compasión hacia la mujer divulgada por el lugar común.
Dos décadas después, el realizador Enrique Álvarez insiste en contar el homicidio. Su personaje masculino es menos fetichista, pero experimenta igual destrozo. Un día cualquiera de la vida en esta isla (bueno, un día cualquiera no; en realidad, un domingo, el día peligroso y tendente al suicidio para toda esa gente sola que puebla la ciudad), ella le informa que ya no lo ama, pero él intenta prorrogar lo improrrogable: unas horas más, hagamos el amor otra vez, unas hierbas. Él se agarra a un clavo ardiente. Pero Enrique le pasa la cuenta, porque su personaje no conoce que el amor es el único sentimiento que no sabe de súplicas ni de rendimientos, ni de nuevas esperanzas. El final es tan duro y hermoso como tocaba: ella da su portazo, y él se derrumba, en ralenti, como era de esperar. Lo del ralenti, por cierto, es de un buen gusto total: pocas veces el manido recurso ayudó tanto a la expresión de un gesto y una emoción. Enrique disecciona, con una valentía de temer, la demolición de un hombre.
El fuerte de Enrique Álvarez, desde siempre, ha sido el mundo de la emoción; no el mundo de la descripción del afuera. Su cine es un cine esencial, introspectivo, íntimo, confesor. En esta cuerda, sobre las profundidades del adentro, se muestra cómodo, a sus anchas, y Domingo no es una excepción. Pero además, este cortometraje evidencia todo lo que sigue progresando Enrique en términos de la puesta en escena.
La secuencia del último cortejo y contacto erótico de la pareja alcanza una densidad y una belleza que se levantan muy por encima de la pacatería y el ocultamiento que en no pocas oportunidades vemos en el cine cubano, al reflejar la sexualidad de una nación y una cultura que, por el contrario, parecieran sobrevivir a expensas del erotismo. Los guiños culturales son asimismo sobresalientes; por ejemplo, hay un plano bellísimo, con la muchacha (Claudia Muñiz) orinando en el baño y, por la composición, por los colores, por la intención de violar la intimidad de la mujer en ese espacio, recuerda, mucho más que a Almodóvar, a la pintura del Cuty.
Enrique ha ido aprendiendo que mientras más introspectivo el audiovisual, más se demanda del rigor en la caracterización del afuera, en la medida en que los entornos hablan por los personajes y los conflictos. La selección del ambiente doméstico es idónea: la casa se debate, como sus habitantes, entre el deterioro y la belleza. Es muy humano, muy cálido el ambiente; las paredes son expresivas, elocuentes. Hay genuina belleza en este contexto del presunto abandono y la desmesura. Pero luego, la fotografía de Asori Soto resulta francamente de premio, cuando respeta el efecto de realidad-sin-afeites, pero comprende que el efecto-realidad no pelea con la opción del estilo. La foto consigue una suerte de expresionismo lírico a partir de la luz y la composición; por ejemplo, en ese plano donde ella dormita y él revisa el maletín de la partida, o aquel otro en el que ella entra, a punto de partir, y la composición se estructura desde él; o incluso ese del final, cuando el personaje queda en posición fetal, en un estado de desvalidez impactante. Todo esto montado a lo Von Trier (el montaje es también de Soto), en el sentido de que el corte tiene lugar en dependencia del recorrido de la emoción y no de la mera continuidad física de la acción. La música original de José Antonio Alabré posee la hondura y la belleza de todo el corto.
No exento de manquedades (ese buen actor que es Alexis Díaz de Villegas tarda bastante en coger el tono vocal del personaje; la tendencia riesgosa a un tipo de diálogo breve y levemente lapidario, del tipo “me gusta tu cuello”; ciertas sombras impertinentes en los cuadros visuales), Domingo es otro paso resuelto en la excelente carrera de Enrique Álvarez. Sin alharaca, Enrique ha ido labrando, a golpe de sobriedad y de consistencia, una de las filmografías más sólidas del audiovisual cubano. Ahora mismo, fuera de los dos clásicos vivos de nuestro cine, Humberto Solás y Fernando Pérez, ¿quién puede ostentar en Cuba una carrera con tantos títulos valiosos como La ola, Escuadra hacia la muerte, Madre coraje, Amores difíciles? Cierto que algunos de ellos son piezas polémicas, discutibles, pero, ¿qué genuina aventura de creación, qué riesgo primordial, no lo es? Lo mismo en la televisión que en el cine, Enrique Álvarez ha impuesto su tono y su recia personalidad de autor, sin importarle el precio.
Domingo no desmerece, en absoluto, de esa carrera de continuos abismos creativos. Como su personaje, el director se las juega todas, mete el cuerpo, se queda sin protección, entrega todas sus armas. Con una diferencia: mientras a su personaje no le resta sino caer desplomado, a Enrique le importan nada los accidentes del camino, y conoce que quien apuesta al arte, tiene que mirar a lo lejos, sobrevolarlo todo. Su camino es el más largo, tal vez el más pesaroso, pero desde ya encontramos decenas de frutos apreciables.

Rufo Caballero

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