ENTREVISTA CON JIM JARMUSH.


Pablo O. Scholz (Tomado del Clarín.com)
pscholz@clarin.com

Es el ejemplo del cine independiente norteamericano por antonomasia. La filosofía oriental, el cruce de géneros clásicos y su minimalismo lo han llevado a ser adorado por la cultura independiente. Y el hombre, vestido completamente de negro, con una camisa años ’50, jeans negros y zapatillas de ciclista del mismo color, entrevistado por Clarín en la última edición del Festival de Cannes, no hace más que confirmarlo.

“No tengo una casilla de e-mail. Soy terriblemente irresponsable. No respondo los llamados telefónicos de mis amigos. Continúo escribiendo mis guiones en una computadora personal, en la que cargo todas mis ideas. Me aterroriza pensar que puedo perder mis ideas en el ciberespacio”, dice y parece muy pero muy sincero.

Escribir la historia no es, precisamente, el mejor momento de la producción de una película para Jarmusch, quien suele componer las escenas la noche anterior a la filmación. “Flores rotas —que se estrena hoy en la Argentina— la escribí en menos de cuatro semanas, en mi casa de campo. Me iba a caminar entre los árboles, y dejaba que la historia me dijera lo que necesitaba.”

Un hecho lo marcó en su adolescencia: su abuela le regaló, cuando cumplió 16 años, un libro de Proust. A los 17, se fue de Ohio y llegó a Nueva York. Hijo de una crítica de cine, Jim nació en Akron, Ohio. Estudió periodismo hasta que ingresó en la Universidad de Columbia, donde se graduó en literatura.
En 1977 entró a la escuela de cine de la Universidad de Nueva York. Ya en su tercer año, fue asistente de Nicholas Ray (Rebelde sin causa) como profesor. Wim Wenders lo conoció cuando rodaba una película sobre los últimos años de Ray. Le dio 40 minutos de material blanco y negro, que Jarmusch utilizó para un corto de 30 minutos, luego la primera de las tres partes de Extraños en el Paraíso. La película costó 150.000 dólares, con ella ganó la Cámara de Oro en Cannes y luego recaudó 2 millones de dólares.

Ama el bebop —es amigo de músicos, como Neil Young, Iggy Pop, Tom Waits, Jack White, Joe Strummer, a quienes incluyó invariablemente en sus películas—. Y odia términos como independiente. Sí, lo aborrece.

“Me cansa. Ahora resulta que es una etiqueta para vender productos. Cualquiera que haga una película que resulte ser como él la quería, y que no esté definida por un análisis de marketing, entonces es independiente. ¿Qué queda para mis películas, hechas a mano, construidas como quien hace un auto en un garage de amigos? Es más como ser un artesano.”

¿Qué cosas extrañás de aquellos primeros días de tu independencia?

Eran épocas en las que las conversaciones eran sobre ideas, no sobre dinero. Uno podía grabar un disco, o hacer una película mientras trabajaba medio tiempo en otra cosa. No me gusta la nostalgia, es más, la detesto, pero, mierda, era buena esa época. Muy buena.

La película, en la que Bill Murray es un seductor solterón que se entera de que tendría un hijo, es la más abierta de su carrera. Esto es: es la que mejor funcionó en la taquilla. “Estoy aterrorizado de que la gente ahora piense ‘se ha vuelto comercial’. Trabajé antes con actores de renombre, como Johnny Depp, Winona Ryder, Cate Blanchett. Yo no calculo nada hacia ningún lugar.”

Jarmusch tiene una particular manera de filmar, que tiene que ver con la “teoría del caos”. “La idea es realizar escenas en las que no sabés lo que puede pasar. No es una fórmula, tampoco un clisé. Es el azar el que decide cómo se sucederán los acontecimientos, los seres humanos somos moléculas en el universo, no tenemos ni el control de movernos.”

Y al momento, Jarmusch es capaz de espetar que “no tuve presión de ningún tipo para que la película resultara más comprensible o más fácil para el público”.

Y dentro de esa mixtura de géneros, ¿en cuáles se encuadraría tu película?

No sabría precisártelo… En mi forma de filmar, me preocupa más las relaciones entre los personajes que en cómo complicar la trama. Algunos me dicen que es una comedia. OK, tiene sus momentos de diversión, pero no es una comedia. Es una película poética y agridulce.

¿Qué momentos te interesan retratar en la vida de un personaje?

No me interesan las instancias dramáticas, sino todo lo que le sucede cuando no está atravesando por esa etapa. No me interesa los filmes que se inspiran en el drama. A mí no me interesa la historia pasada de Don, o qué agujeros tiene.
Es parte de mi estilo, de todas maneras, fijarme más en detalles y relaciones que en los engranajes de la trama. No me manejo por una trama prefijada. Y no tengo la menor idea de qué género es la película, lo que me pone muy feliz. Siempre me atrajeron las historias de viaje. La idea de una road movie es la más vieja de todas: pensá en La Odisea, de Homero. Un viaje es exactamente una metáfora para una vida. Es un tipo de respuesta vaga, lo sé, pero es la mejor que tengo.

Jarmusch había escrito el guión de Flores rotas aún antes de que Murray filmara con Sofia Coppola Perdidos en Tokio. “Yo lo había escrito con Bill en mi mente, y decidí no filmarlo. Bill me dijo ‘¡me gusta esa historia! ¿tenés otras ideas?’. Unos pocos días más tarde, le conté otra historia que estaba escribiendo, sobre este personaje”.

En verdad, eran tres historias en una, sobre un hombre que mantenía tres esposas sin que ninguna supiera de la otra. La trama cambió con los años.

“La película no es autobiográfica bajo ningún concepto. No la pienso en términos personales. No analizo personajes en mis filmes basados en mi vida”, dice. No es mucho lo que está dispuesto a contar de su vida. Se sabe que comparte desde hace más de veinte años su casa con la cineasta Sara Driver.

“Hay periodistas que se me acercan luego de haber visto la película, y me preguntan: ¿Don realmente tuvo un hijo? La película no es sobre si Don tiene o no un hijo. La misteriosa mujer, la carta, la posible paternidad son sólo dispositivos de la trama. Es, en lo esencial, un estudio acerca de un hombre que, en el medio de su vida, advierte que tiene un agujero en ella. Se ha perdido el amor que pudo haber tenido, y ha alcanzado un punto en el que todo en su existencia se ha vuelto estático.”

Estático, minimalista, fantasmal, introspectivo: así es Don, en la pantalla. Que Jarmusch no diga que no se refleja en ella.

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