Las babas del tiempo.


Por Isabella Carvajal

Para el creador contemporáneo cubano, el entorno social-cultural y político donde se desenvuelve, va a constituir, casi siempre, una fuente inobjetable de inspiración. Y digo creador contemporáneo con la fe de insistir en cuánto más se ha apoderado el arte de nuestros días de los conflictos de índole social, con fuerte trasfondo político y cultural como determinantes de los cambios sociales. Asimismo insisto en el caso de Cuba, como terreno fértil para el trabajo en esta dirección.

Al arte le ha sido confiada la tarea, por así decirlo, de re-crear desde sus lenguajes, lo que pasa inadvertido y convertirlo en campo para la reflexión. Dicho de un modo más preciso, el arte se ha apoderado de estos tópicos y ha discursado, desde su espacio, sobre problemas puntuales a los que se enfrenta nuestra sociedad y ponen entre interrogantes nuestro presente y futuro.

La video-creación – dígase documental, ficción, largo o cortometraje- ha ido abriendo resquicios en este sentido. Esto se debe al influjo tecnológico en todos los terrenos de la vida del hombre del siglo XXI, y las facilidades que la nueva tecnología ofrece en cuanto al tratamiento que permite dar este formato a su mensaje. Así encontramos el video arte, medio de expresión a medio andar entre los presupuestos de la filmografía y las disímiles formas otras de concebir el arte en este siglo – no solo las tradicionales manifestaciones artísticas sino las nuevas corrientes y técnicas nacidas desde el siglo XX, específicamente después de su segunda mitad. Esta nueva forma de experimentar los terrenos del arte es flexible en cuanto al uso de los códigos visuales y sonoros, se presta a la innovación en el montaje y propone novedosas tendencias esteticistas – no se refiere a novedosa en cuanto a que nunca antes había surgido, sino a que no se habían utilizado en este sentido. En estos abatares se encamina la creación de Magdiel Aspillaga, joven realizador nacido en el municipio de Aguacate, en La Habana, que se inserta dentro de la tendencia hacia el bad art.

Tiovivo, de la serie Arqueología de mi pueblo, tributa a lo anteriormente expuesto en relación a la denuncia social encubierta por el fuerte ejercicio visual que realiza su autor en la propia pieza. Desde un punto de vista meramente formal, dirigido a desarticular los componentes visuales y visibles en busca de significados explícitos e implícitos que soportan el contenido teórico y/o conceptual de la pieza, podría comenzarse por los códigos del lenguaje cinematográfico y de las formas y leyes pictóricas. En el plano, que permanece fijo, se asoma en el borde inferior derecho un extremo de un cachumbambé inmóvil, en diagonal con el tiovivo situado en el centro y con el esqueleto de una canal, colocada en el último plano. Los valores tonales utilizados varían con la presencia de los personajes, es decir, cuando se presenta el tiovivo solo en movimiento, los colores son más fríos, como si la superficie del artefacto se encontrase húmeda, lo cual cambia con la sola presencia de un niño, luego de un grupo mayor, e incluso difiere el color en estos últimos planos con el utilizado para marcar la presencia de personas mayores. La descripción del plano no es gratuita, cada ápice justifica el discurso de Magdiel, discurso coherente que al mismo tiempo deja resquicios por donde introducir otras lecturas que enriquecen y aumentan su visión.

¿Qué pretende decirnos el autor? Todo cubano, dígase de provincia -como el artista de esta obra- o de la propia capital, la cual no supera mucho la vida provinciana, por cuestiones que no vienen al caso explicar, reconoce en esta obra el espacio y sus personajes. Estos últimos no son producto de la imaginación de Aspillaga, quien no trabaja aquí la ficción, sino la realidad dura y tangible, con una acidez espeluznante. Estos personajes representan al cubano común y corriente, al cubano fruto de este momento histórico que nos ha tocado vivir. Tanto sus ropas, como su aspecto físico representativo de los famélicos y pobres marginados, así como sus actitudes, son fácilmente identificables con el hombre provinciano que sufre en silencio la frustración que se le ha impuesto, un hombre que ha dejado las memorias suspendidas y han caído en trozos, un hombre que juega para “olvidar las penas”, y de tanto intentarlo le cuelgan de la yema de los dedos.

No es difícil imaginar el resto de los aparatos que conforman el parque, o por el contrario, el plano es suficiente para mostrar el único sobreviviente: el tiovivo. Asimismo todos hemos visto y vivido el constante deterioro de estos lugares, que tienen su fin como cementerio de chatarras. Aspillaga escoge para su video-arte un lugar que caracteriza su pueblo, como a tantos otros, adonde sus habitantes, sin perder la ternura, asisten de vez en cuando – desde los niños, jóvenes y no tan jóvenes- a “pasar el tiempo”. Y es el tiempo la dimensión que se prefiere en esta obra. Es el tiempo visto desde disímiles ópticas, que en general conforman el mensaje pensado -o no – que el autor pretendió trasmitir.

El tiempo deviene personaje principal, se saborea, desliza sus babas en los rostros de estos personajes de pueblos, que se mueven alrededor del tiovivo como símbolo de la rutina que atrapa a los hombres y mujeres que viven en estos lugares, como el gran hipocentro que dejan las bombas al detonar. Hombres y mujeres que pasan por la vida sin sentir otra cosa que el peso de los años sobre sus cuerpos, como se siente el peso de los vagones del tren cuando se es riel y no pasajero. Envejecen sin poder romper las fronteras invisibles que los limitan, la tela viscosa que se adhiere y succiona la vitalidad sedentaria. Aspillaga no solo fustiga la decadencia de la que ha sido presa su pueblo, el cual deviene símbolo de todo un país, sino que cuestiona la rapidez con que se mueve el tren hacia su destino, la velocidad de la vida hacia la muerte.

Tiovivo es la obra que te deja atónito. Acaba y aún se siente el escalofrío en los huesos: la fuerza de su fotografía y el chirriante quejido del hierro oxidado inyectan un miedo inadvertido, que detona y congela. Un miedo proyectado en varias direcciones, sin causa tangible. Pavor nacido del efecto centrifugador que produce el incesante movimiento del tiovivo, como los dientes del tiempo mastican las almas que se dejaron atrapar.

Magdiel se ha convertido en una especie de “perseguidor”. Como el viejo Johnny, en una fracción de segundo real su imaginación recorre horas detrás de una idea que se escabulle: la atrapa con el lente y perpetúa la intrascendencia.

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