Las alas truncas del deseo o el inevitable riesgo de la discreción.


Por Rubens Riol Hernández.

En Angel-A (2005), el más reciente filme del director francés Luc Besson, se puede advertir -desde la propia concepción del título- una marcada intención lúdica (que no conociendo el autor de esta crítica su verdadero propósito), puede ser interpretada; primero, como una evidente manipulación de sentido relacionada con la dimensión simbólica que alcanza el nombre del personaje co-protagónico (Ángela) y su concreción en el relato fílmico como un ser alado; segundo, como incentivo efectista impulsado por una entelequia comercial que pretende la suerte de cintas como X-Men en perfecta consonancia con el género fantástico o –por último y en un plano de inferencia mucho más subjetivo- como un anuncio solapado de la ambigüedad sexual de los actantes o la inversión-confusión de roles de género ostensibles a nivel de subtexto (resultado de una accidentada construcción de personajes que transparenta, involuntariamente, miedos y obsesiones de su creador.

André es un delincuente sin carácter, un perdedor que no conoce el éxito en los negocios y le debe dinero a “las once mil vírgenes”, razón que lo conduce a considerar el suicidio como una solución a sus problemas. Pudiera afirmarse que se trata de un individuo supuestamente viril cuya apariencia física no traiciona tal condición, pero sí su comportamiento, que delata vulnerabilidad ante el asedio de sus acreedores (quienes lo violentan todo el tiempo), evento que puede traducirse como acoso sexual por parte de ellos o una pronunciada vocación masoquista por parte de André, si tomamos en cuenta su recurrencia y la violenta imposición de voluntades en una relación de poder y sometimiento donde él viene a ser el abusado y quizás temiendo asumir cómodamente su condición se reprime y huye de cada nuevo enfrentamiento con sus antagonistas que lo persiguen incansablemente.

La suerte cambia para él cuando Ángela irrumpe en su vida, quien lo lleva por el buen camino y lo salva de caer en la tentación, y es muy notable para este análisis un parlamento que ella desgrana en una escena del filme cuando le dice a André: “Deja de negociar como una niña y dales lo que quieren”, sugerencia que confirma su debilidad e impotencia. Ángela es en un principio el espejo que le permite contemplarse a sí mismo y observar la realidad nítidamente. Formidable universo metafórico que se desvanece al tornarse la relación más terrenal y convertirse ella en la mujer de su vida por lo que el filme se convierte en otra comedia romántica con final feliz.

Ángela despliega la asexualidad que distingue a los seres de su naturaleza y encarna, por una parte la perfección de la belleza, la seducción incontrolada que hechiza a los hombres mediante el viejo ritual del cigarrillo (simple amago) y por la otra una asombrosa frigidez que proscribe las sensaciones placenteras (los sentimientos) por lo que se me antoja pensar que pudiéramos estar ante la insólita inapetencia de una mujer fatal, que se rehúsa a ser vampirizada y desdeña al género masculino, al tiempo que invalida la acostumbrada tensión sexual que se establece entre personas de distinto sexo. Pudiéramos además identificarla con una figura maternal por su condición de guía, consejera y sobreprotectora que defiende a André del peligro, propinándole una golpiza a los acosadores a manera de escarmiento, mostrando así sus poderes sobrenaturales o una violencia más propia del género masculino, superioridad que demuestra y exhibe no sólo desde sus exageradas proporciones anatómicas, sino también desde los planos contrapicados que la hacen lucir imponente frente a la mediocre estatura de André, quien es captado por la cámara como un ser diminuto en la mayoría de las ocasiones, incluso cuando se le ve cerca de otros personajes como los guardias de seguridad. Se percibe también la voluntad por parte del director de mostrar su desventaja en un mundo xenófobo que lo excluye y lo menosprecia por su condición de forastero.

Entre la ambigüedad sexual de Ángela y la inseguridad y dependencia casi patológica de André, se atisba más que la posibilidad de satisfacer el deseo carnal (un lazo afectivo que roza lo filial) y suprime el contacto sensual entre ellos al tiempo que se evita el incesto (aunque hacia el final del filme quede sugerido el romance definitivo), que por suerte para esta crítica nunca llega a consumarse delante de la mirada de los espectadores. En resumen, considero que hay en el filme suficientes e inequívocas manifestaciones de una confusión de roles de género, pues los personajes protagónicos intercambian atributos en una suerte de préstamo, que acusa cierto travestismo o enmascaramiento (que no androginia), donde se difuminan las ideas más convencionales sobre las actitudes y comportamientos que deben asumir los personajes frente a determinadas situaciones y que tienen su origen en lo sexual. Idea que aparece reforzada desde la visualidad por un plano en que convergen la verticalidad de la Torre Eiffel (símbolo fálico) y la horizontalidad de uno de los tantos puentes del Sena que alude quizás a la posición sumisa de la mujer, contradictoriamente subvertida a nivel narrativo donde André es quien revela semejante flojedad, no así Ángela que impone su respeto desde el inicio en una firme consumación de fuerza y virilidad, por lo que se entiende que ha ocurrido una permutación de cualidades genéricas.

En otro instante -casi al final- Ángela lo conduce a mirarse frente al espejo como una iniciativa para devolverle su autoestima y reconocerse hermoso, lo que deriva en un acto narcisista donde André llega a susurrar y luego a decir con convicción que se ama sí mismo, para más tarde confesarle a Frank (uno de los matones que lo hostigara al principio y que ahora estaba bajo su dominio), “un día llegó un ángel a mi vida y me abrió los ojos, pude ver entonces quien yo era.” Al parecer todo acto de discreción ya sea tanto en el arte como en la vida corre el riesgo inevitable de arrojar sobre él sospechas y en el caso de este filme, quizás los síntomas analizados broten en virtud de aquello que dijera Susan Sontag en su ensayo sobre el camp y que ahora parafraseo por no recordar las palabras exactas: cada persona es más bella en la medida en que sea capaz de exhibir cualidades del género opuesto.

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