El lado empalagoso del corazón.

Por: Rubens Riol Hernández

 El lado oscuro del corazón.

 Eliseo Subiela moviliza en sus películas recursos expresivos provenientes de diversas disciplinas artísticas, convocados con el ánimo de levantar un discurso poético, que al mismo tiempo pretende conmover y ser entendido como cine de arte (aspiración trunca, resultado cuestionable), si tenemos en cuenta que el simple palimsesto de referencias a pasajes reconocibles de la literatura o la poesía -dichos de manera delirante y cada cinco minutos- más que provocar la sugestión puede quedarse en un tímido amago de intenciones surrealizantes, que buscan la complicación de situaciones cotidianas (ejercicio estéril, euforia del símbolo que empalaga y redunda), sin más resultados que la obvia ridiculez que entraña el hecho de recitar poemas hasta el hartazgo. En El lado oscuro del corazón, Subiela apuesta, sin lugar a dudas, por la cursilería (exagerada, frondosa, impertinente), donde confluyen la música de la banda sonora protagonizada en mayor parte por las canciones de Fito Paez, poesía de Mario Benedetti como “Táctica y estrategia” -por sólo citar una de las más conocidas- entremezclada con los lugares más espesos de la cotidianidad artística argentina (motivos sexuales como vaginas, penes, nalgas y testículos escultóricos). Lo positivo de semejante promiscuidad de manifestaciones artísticas es el hecho de que resumen lo mejor de la cultura argentina en un sólo texto; su limitación está en la convivencia premeditada y barroca, pretenciosa y obstinada, que simplifica esencias y nociones. Pero lo que sí es innegable de esta propuesta fílmica es su voluntad francamente postmoderna de articular el discurso desde el homenaje, la cita, a veces con cierto tinte de humor y con el valor agregado que mencionaba antes. Algo muy inteligente en este sentido escribió Roland Barthes cuando reveló que “el intertexto no abarca solamente textos escogidos con delicadeza, amados en secreto, libres, discretos, generosos, sino también textos comunes, triunfantes”. Ese es el mayor acierto del filme con las claras manquedades que entraña esta misma condición.


No quiero decir que la poesía de Benedetti y la música de Fito sean cursis, sino que la ridiculez y el mal gusto está en querer presentar todo eso de conjunto, (sin límites) y para un fin tan poco justificado como la ostentación.

 

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