Japón: Vía Cruxis a la salvación.

Japon de Carlos Reygadas.Por LAD

Japón (2003), es la ópera prima del director mexicano Carlos Reygadas. Paradójicamente es una historia raramente simple convertida en un relato monumental sobre la existencia humana, que alcanza la exquisitez del drama a través de delicada poesía visual. Japón muestra el quebradizo mundo de un hombre que ha desistido de intentar sobrevivir en un mundo que no le ha brindado motivos para pertenecer a él. Este hombre es un pintor que ha decidido quitarse la vida y ha escogido un lugar recóndito: La Barranca, un cañón donde perpetrar su muerte en paz. En este pausado espacio campestre conocerá a una mujer de edad avanzada que cambia su percepción de los acontecimientos que lo han llevado a tomar esta decisión. En una entrevista al creador manifestó que:

 

(…) la mejor manera de hacer un retrato del espacio debía ser mostrarlo a través a través de los ojos y las orejas de un personaje que fuera ultra perceptivo. Y me parece que alguien que está esperando una muerte inmediata estaría agudamente consciente de sus sentidos. Luego quise explorar la idea de un hombre de la ciudad, un intelectual, que no es necesariamente más sabio o feliz a causa de ello, mientras una vieja mujer que aparentemente no sabe nada, es la juiciosa que controla la situación (…)

 

Pablo se ha mudado a la casa de una anciana (Ascensión) e impresionado por su actitud ante la vida y por la belleza natural de sus actos, pide como acto último de entrega tener sexo con ella. Este acto febril de un moribundo no contiene el deseo carnal que claro está implícito sino la fuerza del renacer justo antes de morir. El pintor ha encontrado en la consumación del sexo la infinita necesidad de escudriñar en el interior de esta señora más allá del mero interés de la copulación. Es la sensatez de una última oportunidad de hallar luna razón coherente por la que vivir y sólo en ella ha podido indicarle la gracia de vivir. En esa  momentaneidad del sexo y su naturaleza efímera descubre que su miseria es real pero puede compensarse con la delicada ternura y belleza de los actos de bondad de Ascensión.  Ella representa todo lo que a él le ha sido negado, pero no a él como sujeto particular, sino lo que nos ha sido negado. La gracia de vivir sin agonía. La angustia, el remordimiento de vivir castigados por pecar es el destino humano, pero Ascensión la ce detenerse a pensar que tal vez Dios no se ha marchado.

 

Lo importante de este filme no es la historia, (aunque contiene los caracteres lógicos de la narración tradicional) y la escasez de diálogos sólo tributa a la concreción de ambientes densos en metáforas que nacen de las propias imágenes y no del texto hablado. Este mutismo a ratos conviene a la grandeza histriónica de los gestos de los personajes perfectamente configurados. La sabiduría de la película está en haber podido concretar a través de la metáfora la desilusión y la ilusión humanas. De ahí que los personajes tengan un naturalismo que rebasa la propia realidad, pues cuando se está solo en medio de la naturaleza que puedes hacer sino admirar lo maravilloso de los pequeños eventos que acontecen a tu alrededor, tratando de absorberlos lo más intensamente posible. De esto resulta la quietud de los momentos más importantes del filme y este devenir se torna dramático porque de él emana el sentido que los personajes dan a su existencia, disfrutando la inmediatez y la espontaneidad de la belleza de estar vivo. 

 

El protagonista, del hastío citadino pasa a la efervescencia de compartir con esta anciana situaciones que le hacen reanimar sentimientos que sabía desvalijados, hasta el punto de abandonar la intención del suicidio. La espectralidad de la escena de La Barranca, nos hace rememorar aquellas brumas de Paisaje en la niebla de Theos Angelopoulos. El expresionismo del entorno rural nos hace pensar en una especie de Paraíso perdido intentando ser recobrado. La Barranca es una parábola del Edén pero al inverso, porque no es el lugar del pecado, sino el destino de la reconstrucción. Reygadas consigue reinterpretar la historia a su conveniencia y sitúa al personaje en un lugar idílico a donde ha llegado huyendo de la vacuidad de la urbe y donde tendrá lugar el acto de la expiación. Y será aquí donde también conoce a Eva, pero que en lugar de sumirlo en la humillación del pecado, lo salvará de la miseria de vivir. No es casual por eso que la ochentera coprotagonista se nombre Ascensión. Ella asumirá la redención del pecado humano con su propia muerte como sublime tributo y renunciación. Por él ella debe perecer y como el propio Jesucristo, ella se sacrificará por él:

 

           (…) la idea básica es la del mito de la redención del mundo occidental, Jesucristo muriendo para salvarnos. Pienso que esta mujer es una encarnación de ese mito: ella muere para salvarlo. Si todos estuviéramos preparados para hacer eso, entonces todos sobreviviríamos – que es sobre lo que trata el cristianismo.

 

Toda la película está llena de iluminadores instantes de verdadera poesía de autor. La talentosa mano del director hace de Japón una pequeña joya. Con un cuidado trabajo fotográfico, la pobreza del paisaje y los conflictos de los personajes son tratados con sumo rigor expresivo en las imágenes. Hay luz en la acidez de este filme. La Barranca se convierte en un emplazamiento  atribulado y apacible al mismo tiempo. Con recursos tradicionales la fotografía no sobrepasa a las intenciones de Reygadas con esta historia, sino que las solidifica y las vulcaniza hasta estallar en un lacerante drama existencial. Imágenes tan fuertes y contradictorias le confieren al largometraje la potencia de un simbolismo que va descubriendo las fascinantes atmósferas de sobria y llana tesitura.

 

La intensidad de las actuaciones no está dada por la elocuencia de los parlamentos, ni por la complejidad de los diálogos, ni tampoco por el dominio histriónico, sino por la naturalidad y la riqueza con que son captados los gestos, las iniciativas, los caracteres de cada personaje por la cámara. Con ahínco son retratadas las escenas, pero al mismo tiempo se establece una distancia como del voyeur que escudriña pero no interviene, dejándole el protagonismo a los verdaderos participantes de la acción. El silencio de la cámara puede notarse para darle paso a los acontecimientos que se llegan a convertir en “casi reales” por su soltura y comodidad en los ámbitos particulares de cada secuencia.  La realidad del relato se torna o misteriosamente fabulada. Es una especie de realismo mágico, salvando las distancias.

 

Por último hacer referencia al sonido, elemento que revitaliza este aire a documental que despierta este relato ficcional. El recurso sonoro está magistralmente manoseado. Por tiempo la música ambiental cobra una relevancia determinante por sobre los sonidos emanados de las acciones de los personajes y viceversa en función de una intencionalidad clara y marcada según el momento dramático. A veces puede provocar cierta incomodidad que es resuelta de manera impresionante cuando analizas la dinámica de cada plano o secuencia:

 

El sonido es muy importante para mí y en este filme traté de acercármele por dos vías, objetiva y subjetiva. El sonido objetivo es directo, realista, sonido ambiente – aquí toda La Barranca funcionó como una caja de de sonido, no podíamos hacer nada al respecto. Pero cuando el aspecto documental, realista, del filme estaba primero, entonces yo esa autenticidad quería activamente mantener esa autenticidad y crudeza (…) en algunos momentos yo quería que afloraran los sentimientos internos de los personajes y entonces emerge lo que yo llamo sonido subjetivo.

 

Japón de Carlos Reygadas tiene la virtud de alcanzar con la sencillez de la factura un producto de esencia y no de presencia. Sin excusas tecnológicas consigue ser una de las mejores películas de la década pasada en el contexto latinoamericano. Y aún sus propias limitaciones son los motivos por los que pienso ahora en Por un Cine Perfecto de Julio García Espinosa. La manera de tratar un conflicto tan crudo e histórico con la fluidez y la elegancia con que Reygadas lo enfrenta con el mínimo de los recursos económicos, demuestra la capacidad y la posibilidad de hacer buen cine desde la precariedad. Reygadas despertó con Japón, el interés por un tipo de cine más cercano a las problemáticas del hombre. Pasa a convertirse de local en universal por el contenido y el mensaje del texto fílmico. Japón camina ampliamente por los senderos del cine de autor inaugurando una nueva etapa en el cine de arte y ensayo en el panorama latinoamericano.

 

Sección “Los extraños casos de la orquídea salvaje”: Episodio 3. Lección de botánica.

Por Clarissa Muller

van gogh sunflowersTumbada en el tejado de mi casa veía los papalotes y chiringas arrebatarle ciertas condolencias a la brisa, mientras recortaba las siluetas de los vecinos y sacudía mi pelo hacia atrás para que el sudor no se acumulara en mi cuello. Silvia venía cada tarde a escuchar a The ramones y a Sex Pistols. A saber por qué nos gustaban tanto. Ella prefería escucharlos en mi grabadora viejísima que enredaba y hacía lucir a Sid Vicious como ido de revoluciones como decíamos de chiste. En su casa tenían ya algunos adelantos, su papá era marinero y siempre creía sorprenderla con alguna novedad tecnológica. Igual ella prefería reírse con la disfuncionalidad de mi tape recorder.

De esos viajes nos había contentado más que nada una fabulosa antena que nos dejaba según estuviese el tiempo, captar las señales de la FM, como también le decíamos alas emisoras gringas, donde por primera vez escuché Ironic de Alanis Morissette y Zombie de Cramberries. La música nos sacaba del paso y nos sentíamos realmente muy bien.

Silvia siempre leía en voz alta su tarea de Redacción y aunque me duele decirlo era pésima porque realmente se esforzaba. Me obligaba a darle consejos gramaticales y a finalmente rehacerle el trabajo. Decía que quería estudiar botánica, locuras supongo, porque la verdad no imaginaba a Silvia estudiando absolutamente nada.

Nuestros padres nunca nos reprocharon nada, pero advertían con recelo nuestro creciente desinterés por los muchachos del equipo de waterpolo. Silvia trajo para mí la enorme felicidad de acompañarme en mis ratos, en todos mis ratos. Habíamos planeado fugarnos en un Mustang, buscar trabajo fuera de la ciudad y tal vez vivir en un trailer  cerca de la costa. Nunca nos fuimos y tocó empezar el collage. Silvia siguió viniendo a casa, llevaba flores a domicilio y yo mandaba mis diseños a pequeños atelieres que nunca me tomaban en serio.

En la fiesta de la graduación Silvia estaba impresionante, llevaba un traje de franela negro de hombre que yo le había ajustado  sus medidas. Unos delgados hilos plateados rompían la perfecta visualidad del negro. Llevaba bailarinas negras cubiertas casi en su totalidad por la amplia caída del pantalón, el pelo perfectamente recogido que dejaba ver la perfecta redondez de su rostro. Menos atrevida yo había optado por un vestido soleado hasta el suelo a pesar de mis zapatos altísimos. Silvia irrumpió brillando decidida, entró al salón y colocó en mis manos un ramillete de girasoles cortados con cuidadosa premura. Hizo una reverencia solicitando mi mano. Sin querer resistirme avancé lentamente hasta el centro, Silvia puso su mano en mi cintura y me acercó tanto que casi rozamos las mejillas. Nunca entendí mi destreza en el baile de ese día, ambas odiábamos aquel ritual, habíamos decidido obviar aquella ceremonia pero estábamos allí. Silvia de repente separó su cuerpo del mío y como un acto sublime de Yves Klein me acercó otra vez tanto que alcanzó a besarme sonrojada.

Por la siguientes semanas recibí girasoles cada día al tiempo que veía a mi madre echarlos a la basura apresurada. Silvia y yo hicimos un pacto, nos colamos en la pinacoteca del pueblo y recortamos cuidadosamente aquella famosa reproducción de un cuadro de Van Gogh y la colocamos bajo mi colchón para que no se marchitara. Silvia y yo nos amamos muchas veces en el tejado de mi casa mientras recortábamos las siluetas de los vecinos contra el cielo cubierto de papalotes y chiringas.

 

Sección “Los extraños casos de la orquídea salvaje”: Episodio 2. Canguros a la medianoche.

richard avedon

Por Clarissa Muller

En estos días fumo demasiado, ya no puedo hacer concesiones con el cigarro. Siento una ganas repentinas de llenarme toda de humo hasta que mi asma me lo permita y mi bolsillo también. Escucho Say hello to heaven del Temple of a dog y miro con nostalgia las fotos de mi novio colgadas en la pared. Está tan lejos ahora y acaba de saltar la canción, debe estar rayado el disco. Repaso unas cuantas lecciones de inglés y me aburro en la brevedad de este escritorio. Aparto suavemente los cuadernos y enciendo la TV. Ansiosa busco algo interesante y la dejo prendida para imaginar que las chicas no se han ido y como de costumbre la tele permanece encendida aún cuando nadie la está viendo. 

Mis compañeras de piso se han marchado y siento un poco de alivio, pero esperar tanto su partida me ha hecho recordar que estoy completamente sola. Me ducho y salgo apresurada del baño para no atrapar el típico resfriado del baño a las once y media de la noche. Cierro la puerta del balcón y mi vecino predilecto como de costumbre cierra silencioso las persianas coincidentemente. Miro descuidada la TV y trasmiten un documental sobre los canguros australianos al tiempo me desenredo cuidadosamente el pelo. Busco con ansiedad un cigarrillo y descubro enojada que se han agotada, estrujo la cajetilla y presiento que no tengo mucho dinero tampoco. Encuentro exasperada algunas monedas ocultas en el refajo del bolso, creo que alcanzarán para unos cuantos cigarrillos sueltos. Atropello las escaleras y la cafetería queda a cuatro cuadras largas. Caminando recuerdo algunas fotos de Gemma Ward que le mandé por e-mail a mi novio y de nuevo intento apresurarme.

No me gusta andar sola de noche y paso furtiva frente al Le Blanc Club. Un joven varado en la puerta me haces señales de humo para que me acerque. Time of trouble es el segundo tema del Temple, le hago caso, sólo quiere simular que somos pareja para poder entrar, él paga el ticket de ambos y yo desaparezco con una cerveza. Recuerdo mis cigarros pero igual ya estoy dentro. Sofía está justo frente a mí pero a unos cuantos metros y aún sigo cerca de la entrada esperando la señal de que ya puedo irme.

gemma wardSofía se parece un poco a Gemma o tal vez lo imagino, la cara un poco ancha, redondísima, el mentón perfectamente terminado y simple, esbozado sutilmente el ángulo, los labios muy finos y pequeños. ¿Le habrían llegado aquellas fotografías? Sofía nunca me miró, a pesar de que continuaba sentada frente a mí. Era muy alta podía notarlo por la rectitud del torso y la amplitud del brazo al reclinarse a recoger algo caído al suelo. La miré lo suficiente como para notar que algo me hacía dudar de su perfección. Sofía me hizo renunciar a mi devoción por aquella imagen de Richard Avedon, en la que una mujer vestida de blanco flotaba en el agua con el cuerpo totalmente hundido, los pies descalzos y el rostro fuera del agua nunca puede verse. Me acerqué lentamente hasta que estuve lo suficientemente cerca como para poder inclinarme hasta su oído y segura le pregunté: ¿Me prestas uno? Es que he olvidado los míos. Clarissa, mucho gusto. Sofía, el gusto es mío. Me extendió el briquet, lo recogió y salió apurada hacia la pista de baile con un joven que le tendió la mano. Me alejé hasta la salida y me volví al piso sin esperar nada, me recosté al sofá y apagué la tele. Busqué en el bolso y recordé que aún no tenía cigarros.

 

La Habana pide “agua”, camará.

asori-soto

Por Hamlet Fernández Díaz.

En cada Muestra Nacional de Nuevos Realizadores que sucede en La Habana se verifica una producción independiente que crece cuantitativa y cualitativamente sobre los soportes de la tecnología digital. Producción alternativa que se va generando al libre albedrío de nuevos y no tan nuevos realizadores que se las ingenian de las formas más disímiles para financiar sus proyectos, sin tener mucha más posibilidad de acceso a otros circuitos de distribución que los improvisados bancos de películas que se ramifican a todo lo largo y ancho del país. Producción que al final el ICAIC se ha ingeniado legitimar en las muestras de nuevos realizadores, no sin antes ser debidamente depurada.

En la muestra del año 2006 resultó premiado como la Obra más Destacada (Ficción), el corto “Zona Afectada”, de Asori Soto. Quien contaba con dos trabajos más en concurso, “Good Bye, Lolek” (DOC), y “Mosquitos, el documental”, que obtuvo Mención de la AHS (Premios Colaterales). A la producción de Asori habría que sumar “Orbita” (Cortometraje de Ficción); “Tosco, el rey de la Timba” (DOC. Largometraje), sobre el destacado músico cubano José Luis Cortés; y “Vedado”, su primer largo de ficción codirigido junto a Magdiel Aspillaga. Además de otros materiales anteriores como director, guionista y editor, más un pequeño currículo como editor.

VedadoPienso que el esfuerzo de Asori Soto, como el de muchos otros jóvenes cubanos, por concretar una vocación creativa contra viento y marea, ya está en tiempo de ser comentada y apoyada desde la misma generación por quienes se ensayan en la crítica, y prefieren artistas legitimados, antes de arriesgar una opinión sobre una producción en riesgo, ignorando a estas alturas que las generaciones para vencer tienen que conspirar unidas. Es el reclamo de una generación que quiere trabajar y construir nuevas utopías. Una generación que ha tenido que sobreponerse al desconcierto y la falta de expectativas, y que a pesar do todo no renuncia a un futuro construible y esperanzador.

Asori Soto apenas en tres materiales que en conjunto no rebasan los treinta minutos, ha tocado temas de latente sensibilidad en la sociedad cubana. En “Mosquitos, el documental”, se asoma con fino humor a una de las más grandes gestas libradas por este pueblo en los últimos años, la guerra contra el mosquito. En sólo cinco minutos Asori logra mostrar como se organiza molecularmente la Campaña anti-vectores, y como se implementa en la práctica. Lo ingenioso de este minidocumental reside en la forma en que el autor estructura dos discursos en paralelo, que sostienen simultáneamente el hilo de la narración en dimensiones diferentes, pero en una misma dirección, (transmitir el sentido y la importancia de la campaña), ganando una dualidad de connotaciones sobre un mismo fenómeno, a través de un fluir de parlamentos en registros diferentes.

El corto comienza con Lino, un veterano fumigador, parodiando simpáticamente el sonido del mosquito. Seguidamente se presenta a un Jefe de Zona, detrás de su buró de mando, que explica las fases en que se divide la campaña. Este personaje, que es la dimensión oficial, habla en códigos militares, en clave de guerra.  Lino es un típico personaje popular, que se expresa con esa sabrosa soltura y humor de barrio, que socializa sus conocimientos de veterano sobre la naturaleza y hábitos amorosos del mosquito. Lino dialoga como un guerrero al ritmo de marcha del Bolero de Rabel que se escucha de fondo, como ese héroe cotidiano que ha dedicado la vida no importa a qué, pero ahora combate mosquitos. Los dos personajes coinciden en que estamos preparados para cualquier batalla, dentro y fuera, nacional o internacionalmente. 

“Mosquitos, el documental”, consigue mostrar la esencia de un proceso no siempre visible como es la producción de imaginario popular; y lo logra haciendo dialogar a la retórica del discurso de mando y a la subjetividad popular que reproduce este mismo discurso, pero digerido y devuelto en otro tono. Norma y variación de un registro que se impone no como hegemonía difusa, sino como presencia que retumba hasta el cansancio en los oídos de todos, y que logra a la larga dejar su huella en la intersubjetividad de un pueblo. 

Otro de los trabajos de Asori Soto que deseo comentar es el corto de ficción “Zona Afectada” (Obra más Destacada. Ficción. 5ta Muestra Nacional de Nuevos Realizadores. ICAIC. 2006), codirigido junto a Alex Hernández.

“En los últimos tiempos los problemas de agua se han agravado”, se nos adelanta en texto mientras vemos aparecer por una calle estrecha y seca de La Habana Vieja un camión símbolo del preciado líquido. “En Habana y Cuarteles los vecinos dependen del abastecimiento por pipas (camiones cisternas) para almacenar lo que puedan”. Tomás espera sumido en el silencio de su modesto cuarto. El ruido de la pipa lo saca del hastío y desciende por entre las ruinas de su solar cubos en mano. En la calle los vecinos se amontonan como hormigas que luchan por acumular provisiones. Tomás llena sus cubos y emprende uno, dos, tres, cuatro, cinco viajes escaleras arriba una y otra vez hasta llenar un recipiente que sólo se nos muestra al final. La cámara documenta la travesía del héroe cubano. Se prende de su retaguardia y parece halarlo abismo abajo en planos diagonales de contrapicada, juntándonos a todos en su espalda sudada como un peso más. Otras veces lo acompaña solidaria, marcha a su lado, acaricia su fatiga; le camina de frente, lo ala escaleras arriba; o lo mira desde sus pies, lo hace parecer gigante. Tomás se tambalea, derrama agua, pero persiste, alcanza la sima; vierte sus dos últimos cubos en la bañadera de su baño, donde ha estado acumulando el líquido, se desnuda y sumerge en el agua, suspira y sonríe.

La reacción del público que he podido observar en las escasas puestas que ha tenido el corto, ha sido por lo general de burla y desconcierto. Las personas se extrañan de la humana satisfacción de un deseo. El automatismo a que conduce la carestía  de la vida en Cuba cuestiona que lo que podía ser la reserva de agua para dos días se malgaste en un antojo de baño.  Tomás ríe de todos, se sumerge y se libera. Deja de ser un “animal neurótico”, como nos definió  el psicoanálisis freudiano. Hasta qué punto somos capaces de reprimir nuestra tendencia al placer. Según Freud a veces estamos dispuestos a hacerlo hasta grados heroicos. La sociedad nos impone constantemente posponer la satisfacción de placeres inmediatos ante el imperativo de la realidad, que se traduce en trabajo, en aprender e interpretar eficientemente el papel que acabamos representando en la vida; y esto lo hacemos con la ilusión de que después de ciertas metas cumplidas podremos satisfacer todos nuestros deseos, pero muchas veces no alcanza el tiempo para desenterrarlos del lugar oscuro al que los hemos relegado. Vale la pena reconocer la gravedad de la esclavitud. La vida es más ese segundo tras segundo en que construimos el futuro que nos lleva a consumir el presente como máquinas que no reconocen la trascendencia de lo efímero. Tomás encuentra una vía sencilla de escapar de su alienante realidad. Y nos alecciona. Nos muestra otro tipo de paz. Que es posible y necesario reposar en uno mismo, no en felicidades construidas o prometidas a cambio de euforia o ingenuidad.

“Zona Afectada”, es una incitación a la libertad. Un cuestionamiento a nuestras vidas que se agotan en la inconstancia de un entorno enajenado de hastío y desesperanza.

Asori SotoCon el guión y proyecto de cortometraje “La misión”, Asori Soto obtuvo  premio en la Convocatoria de Proyectos de Cinematografía (modalidad Ficción) de los Premios Culturales del 2005 de la Embajada de España. “Orbita” es la realización de este proyecto, con algunas variaciones del guión original. Esta vez Asori se interesa en un tema que desde algunos años se viene convirtiendo en un fenómeno social del presente cubano necesitado de reflexión, las misiones de solidaridad con otros pueblos del mundo. 

Mario trabaja en un consolidado donde aún se resucitan a muchos ventiladores  órbitas, y demás artefactos electrodomésticos sobrevivientes de la era soviética. Una mañana cualquiera en la que Mario se dispone a comenzar su rutina diaria, enmendar ventilador tras ventilador, le avisan que el jefe lo quiere ver en su oficina. A Mario lo han seleccionado para integrar una brigada de seis reparadores de ventiladores para una misión de solidaridad con la República de Togo, a la cual la están azotando grandes olas de calor.  Limara, su joven esposa, pregunta “qué distancia hay de aquí a Togo”, triste y recelosa por la separación que se avecina. “Tenemos que ser fuertes”, le alienta él. En pocas palabras, palabras comunes, de todos los días, se logra transmitir la angustia que los agobia; el miedo de ella, la impotencia de él. Limara le organiza el equipaje, Mario la observa, comienzan a sentirse las primeras notas de la música de Piazzola. Él la agarra por el brazo y se besan como si fuera la última vez. El golpe del cuño en el pasaporte rompe la escena. Mario parte para África, Limara recorre Jalisco Park como una vida más que vaga reconociendo su soledad. A su alrededor todo se pone en movimiento, la cámara viene hacia ella y se detiene en su rostro que se hace figura sobre el fondo de un carrusel de caballitos que cabalgan presos de su circularidad. Asori logra una metáfora que es final y resumen del conflicto que ha intentado expresar. El rostro de la joven se descompone lentamente en dolor, y su vida se descentra y disloca en un mareo de vueltas y vueltas acompañadas de la dulce estridencia de Piazzola.

Habría que destacar el trabajo de fotografía a cargo de Magdiel Aspillaga. Otra vez una cámara en mano que logra planos desembarazados de cualquier estatismo o morosidad. Que desautomatiza la noción cotidiana que tenemos del espacio. Valgan como ejemplos las secuencias iniciales en la terminal tres del aeropuerto, con planos tomados desde los lugares más enrevesados, donde la cámara parece que espía y es espiada a la vez, como si estuviese huyendo de alguien al mismo tiempo que documentando la separación de dos seres que se resisten a despersonalizarse dentro de un espacio que los desdibuja. O la aparición en escena de Luis Alberto García (el jefe de Mario), quien entra a cámara a través de la transparencia azulosa de una pecera. García hace pasar a Mario a su oficina, la cámara se levanta y deja mostrar el espacio de sucias paredes, viejos archivos y un mural seguramente desactualizado, inmediatamente vuelve a enfocar en primer plano a la pecera, detrás queda el rostro de García que reflexiona sobre el origen de la vida mientras observa los peces, y al fondo, en la profundidad de un azul celeste, se ve a Mario, que asustadizo asiente con la cabeza. Esta es una de las imágenes más bellas y creativas que he podido observar en el cine joven cubano.

Asori, con pinceladas de absurdo, cuenta la historia común de dolor y sacrificio ante la separación familiar de los cubanos y cubanas que han brindado sus servicios de muy diferentes formas en cualquier país del mundo. Con tino no acomete una reflexión directa sobre este fenómeno de las misiones y sus consecuencias ya visibles para la sociedad cubana, sino que nos hace llegar a ella de forma indirecta, a través del conflicto por el que atraviesa la pareja que ve en riesgo su proyecto de vida. Una historia de amor truncada es lo que Asori deja flotante en la superficie de un lago de connotaciones más profundas. Después de agonizar junto al rostro de Limara caemos en cuenta de que su derrumbe y desestabilización emocional pude ser símbolo de un derrumbe y desestabilización mayor que nos involucra a todos.

“Orbita”, es sin dudas un esfuerzo logrado. Su estructura narrativa es acertada, y no rehúsa de la linealidad por modismo, sino que la fragmentación de la historia se vuelve productiva y termina siendo totalmente coherente. Consigue una fotografía arriesgada y provocadora. Y tiene la inmensa virtud de comenzar coqueteando sin ningún tipo de prejuicio con los códigos de la comedia tropical,  y mutar hacia un drama con una densidad emocional desgarradora.  

 

El silencio que arde en la espera o la profunda necesidad de sentir.

Luz silenciosa

Por: Rubens Riol Hernández

En Luz Silenciosa (2007), el más reciente filme del director mexicano Carlos Reygadas, la historia se nutre del oportuno contraste que ofrecen determinados elementos -contenidos no sólo en la trama, sino ostensibles también en la propia visualidad-. Me refiero a la presencia de ciertas polaridades que cobran fuerza expresiva desde el discurso audiovisual y ayudan a sostener una idea interesante acerca de algunos acontecimientos de la vida cotidiana. Polaridades que evidencian la naturaleza contradictoria del personaje protagónico y confirman su proyección insegura, su verdad escindida.

En ese caso, podemos apreciar la sucesión del día y la noche (evento que entraña un permanente cambio de estado), como la representación -en un plano simbólico- del debate emocional del personaje masculino, entre un amor que se despide con el último bostezo de luz y otro que llega magnífico y estimulante a devolverle el sentido a su vida. La esposa y la amante, el Ocaso y la Aurora, dos extremos que se tocan y en efecto lo hacen para conformar un perfecto triángulo amoroso hacia el final del filme -cuando una besa a la otra en la boca- a riesgo de sugerir una escena lésbico-necrofílica (libre de semejante inferencia por el toque místico que ofrece la resurrección, pero igualmente sospechosa, teniendo en cuenta el vasto universo de represiones impuesto por la religión de las féminas involucradas). De todos modos, entre la figura de ambas se alza curiosamente una vela (símbolo fálico), que recuerda al tercer componente de la triada (el macho que comparten desde hace tiempo). Este plano completa así -a través de su carácter alusivo- una relación de opuestos que se reconcilia.

Según las leyes de la física, todos los cuerpos experimentan los cambios de temperatura mediante dos manifestaciones básicas: dilatación y contracción, estados que además aparecen asociados al día y la noche, respectivamente; y en este sentido, podemos establecer una nueva analogía con las actitudes que asumen los personajes, los cuales exhiben discretamente las fluctuaciones de sus correspondientes estados de ánimo, pues transitan de la pasividad a la euforia y del conformismo a una profunda tristeza, al tiempo, que sufren un continuo proceso de tensión y relajación. Es en los diálogos donde mejor puede apreciarse esta idea. Los personajes conversan con una rigidez y frialdad asombrosas. Parecen animales aturdidos, zombies trasnochados (inapetentes), quizás demasiado deslumbrados por el vacío. Por otra parte, se entregan, se desahogan, lo que supone una recuperación de la sensibilidad, pero ésta no conduce en ningún momento a la desmesura. Todo es tratado con una sobriedad casi fúnebre que se cuida del patetismo.

Luz silenciosaUn nuevo recurso que apoya este análisis es la cuidadosa selección de planos. Unos recrean de modo preciosista los elementos de la naturaleza con vistas generales del paisaje, mientras otros ofrecen un acercamiento a los personajes, a sus rostros que delatan sentimientos, interioridades. Vuelven a unirse los extremos para integrarse a un discurso coherente, pues mediante el contraste de los valores de planos utilizados, Reygadas, levanta -quizás sin saberlo- un sentido especial que tributa al conflicto presentado en el argumento. Los encuadres más abiertos hablan de la exposición y vulnerabilidad del protagonista ante el peso agónico de la culpa. Aprovecho ahora para introducir una pequeña digresión: la infidelidad no es un accidente, sino una elección que conduce a la inestabilidad emocional debido a la promiscua convivencia del secreto y la mentira con mucho de deseo por la tercera persona (gran confusión). El verdadero sentido de la palabra “infiel” se refiere al que ha perdido la fe, por ello es que -desde un punto de vista psicológico- la infidelidad se asemeja al enamoramiento, pues ambos poseen un carácter temporal e involucran una intensa dosis de irrealidad, fascinación, ilusión y transitoriedad.

¿Por dónde nos quedamos? Ah sí. Por otra parte tenemos planos cerrados que muestran escenas más íntimas (comprometedoras) y retratan a los personajes en actitudes verdaderamente sugestivas -esto ocurre por lo general en espacios interiores, que los protegen de la intromisión de terceros, que no del placer voyeurista del espectador- como es el caso de la escena de sexo entre Johan y Marianne (excepcional tratamiento de la metonimia, pues sólo divisamos el rostro de ella entre lágrimas y gemidos que sugieren el acto sexual -penetración mediante- invisible a nuestros ojos). Mientras él reserva sus excitantes fantasías sexuales para la amante, crecen las ansiedades culpígenas asociadas a la tormentosa e insostenible relación conyugal. Marianne fue por mucho tiempo el silencio que ardía en la espera, él traicionaba a su esposa por su profunda necesidad de sentir.

El filme es una lúcida reflexión sobre el adulterio, circunstancia que supone  no pocos desgarramientos y divisiones internas en la vida de las personas, algo que su director ha concebido con mucha sutileza -sin didascalias ni pedantería- pero en un tiempo de exposición excesivamente lento que -aunque capte la tortuosidad de semejantes relaciones en su justa medida-, no deja de ser tremendamente aburrido. El filme se convierte entonces en una galería de sujetos retraídos que encarnan la inmovilidad de los mismos árboles. La cámara se posa -por tiempo casi indefinido- en un beso o un paisaje, lo que describe un panorama tedioso que conduce irremediablemente al bostezo.

He querido demostrar con este análisis que los recursos audiovisuales resultan medios eficaces para lograr una buena comunicación con el espectador -siempre y cuando sean bien empleados-. Luz silenciosa posee en algún sentido esta virtud, si consideramos los argumentos que he venido exponiendo (aunque reconozco cierto lunatismo en mi lectura, que quizás se distancia del mensaje propuesto por Reygadas), pero tal vez, esta posibilidad interpretativa surge y es potenciada -por elementos contenidos en el filme- como resultado de una prolongación del subconsciente y el azar, al tiempo que eclosionan tales congruencias. La planificación visual, el lugar de los objetos y las actitudes de los personajes cobran un significado especial, puesto que se interrelacionan mediante un evidente contraste. Por eso me refería a la convergencia de los distintos polos que dialogan armónicamente: día/noche, dilatación/contracción, interior/exterior, permanencia/transitoriedad (ideas todas, que apuntalan un mismo hecho, la indecisión del protagonista adúltero que debe elegir -una de las dos mujeres- para continuar el rumbo de su vida. Recordemos que siempre donde hay luz habita también la sombra.

 

Más allá de la representación.

juno

Por Andrés Álvarez Álvarez

Si J. D. Salinger logra con Holden, el personaje de “El guardián en el trigal´´una reactualización del héroe adolescente moderno ya puesto por Mar Twain en dos de sus obras, digamos que Juno es una variación o variación de ese personaje arquetipo. Juno al igual que Holden y el resto de los personajes de Twain, esquiva los códigos sociales preestablecidos –no quiere sumarse al rebaño-. Estos personajes revelan ese lado humano, siempre en alerta contra doctrinas y esquematismos, contra la hipócrita compostura que obliga al comportamiento normado dentro de la sociedad.

No obstante, más allá de la línea argumental, desde el drama propone un conflicto hombre contra sí mismo, el propio diseño del personaje lo tensa en la diatriba constante entre el hombre y la sociedad. La narración describe a Juno como una rebelde-cínica, pues su constante conflicto con el medio no lleva la crisis a lo apocalíptico. Esto revela que el tejido más profundo en la discursividad del film no puede deshacerse de los enunciados morales que pretende poner en solfa.

En la mitología Juno no es más que Era, la esposa de Zeus, mujer terrible, señora de la casa. Como gran parte de las historias donde el centro son jóvenes en estado de aprendizaje. Y, tras el final, qué podemos decir que aprende Juno, para qué se dispone en un futuro. Según la enunciación más sumida en el discurso, pues a ser eso, la señora de la casa. Es decir su saldo final será el sometimiento futuro –y mi visión es así de cruel- a las normas deudoras del idealismo conservador de la sociedad norteamericana.

Es aquí donde la película revela una antítesis entre el carácter de su propuesta estética y la significación de sus planteamientos discursivos. Tras ese empaque de realización independiente, con una dirección de arte fresca y una banda sonora propia del mejor indie rock americano; tras ese empuje de iconoclasia en la proyección de sus personajes, no hay una factura real de los códigos morales propios de la condición cultural anteriormente mencionadas.

Es preciso señalar que Juno fractura los códigos del melodrama hollywoodense y las comedias que exaltan los valores familiares. Juno logra una revitalización del género, tan sólo en el intento de sobreponerse al tratamiento lagrimógeno, sin dejar de mostrar tensiones que encierran una alta dosis de desgarramiento. Mas en verdad en el trasfondo se resguardan los principios de la familia arquetípica, en ese punto es Juno una película conservadora.

junoJuno sale embarazada y decide dar en adopción su hijo. El indicio que lleva al núcleo es su decisión de no interrumpir su embarazo. Los motivos por los que el personaje desea conservar la vida de su hijo, en verdad, no son nada convincentes. Digamos más bien que está el miedo que el compadecimiento. El miedo se exacerba tras un ridículo escozor provocado por los miedos. Como Holden, el personaje de Salinger, su argumento roza lo estulto “ellos tienen uñas´´, hecho este que no deja de mostrar una gracia tremenda a la hora de dar caracteres del protagónico, pues trasluce su espíritu de freak indie adolescente. El rechazo del aborto puede ser, incluso, una actitud contracorriente con el planteo que desde las sociedades de un pensamiento más civilizatorio se escrime. Pero esa ida por la vuelta como rebeldía, cae en la trampa del conservadurismo.

Este hecho se constata más en el tratamiento de los personajes. Estos son la joven pareja que tomará el hijo de Juno en adopción. El futuro padre es un rocker de la vieja escuela que esconde, resguarda y desplaza a un segundo plano sus gustos y verdaderos sueños. Llega un punto en que el personaje comprende lo incoherente que había sido su yo, por lo que decide romper su matrimonio. Pero esa ruptura también es castigo de dejar aflorar sus más desenfrenados instintos. Pareciera quebrantarse aquí la bella imagen de la familia clase-alta americana, se le sitúa en crisis; pero en verdad se muestra la incapacidad que tiene un hombre de gustos y principios que se aparta de la media, un hombre que ya no frena sus impulsos, de llevar una familia de manera armónica, pues distaría de un arquetipo paternal. Sin embargo se premia a la esposa, la que en verdad quiere materializar una familia explendente para enmarcarla en la pared. Al final no se le niega el hijo, se le condecora su empeño.

Claro, la ruta del personaje está bien definida, la posición de madre soltera demuestra como ha comprendido la importancia de tener fe y ser coherente con respecto a nuestros sueños y nuestra individualidad, principio por el que fue condenado el esposo. Dicho tratamiento de ambos personajes, revela una actitud subyacente de sobreguardar los valores ideales de la familia modelo.

El desenlace del personaje protagónico también destila tal discurso. Su primer hijo llega en mal momento, pero no se puede dudar que retorna lista para asumir tal rol ante la sociedad en el momento adecuado. Juno no criará a su hijo pues es una niña, lo que no la mantendrá al margen del sentido común y lo establecido por la sociedad. Constantemente todo apunta a resguardar lo que la sociedad dispone.

Todo está bien al final de Juno. Incluso uno pudiera contentarse y sobrecogerse por la gracia del cuadro de cierre, mas tras maravilla bajo cuerdas de guitarras se desprende –tratemos de imaginar lo que sucederá en unos años- una dócil disposición de las normas. 

 

Sección “Los extraños casos de la orquídea salvaje”: Episodio 1. Looking for Kate Moss.

Escuela de FontainebleauPor Clarissa Muller

A Maybel y Magdiel por todo.

 

kate mossMi primer orgasmo lo recuerdo con la misma precisión con la que admiré aquel cuadro de la Escuela de Fontainebleau en una clase de la Sra. Meredith. Una chica tocaba suavemente el pezón blanquecino de otra en idéntica posición sentada a su lado.  Lo recuerdo mientras caminaba por la Gran Avenida de las Peñas Blancas y mis ojos dilucidaron la perfecta simetría de una mujer proyectada en una inmensa gigantografìa. Tiempo después supe su nombre. Gía fue un semblante perfecto, una amplitud espectral que se consumió en su magnífica existencia. Una blasfemia, una lesbiana preciosa, un tumultuoso torbellino de sexuales sustancias prohibidas. Una efigie exquisita y maldita. Eso lo supe tiempo después. Aquel día en la Rué  mi papá ajeno se había adelantado por la acera, sin saber mi estado de febril desmayo. En ese otoño yo no entendí mucho. Tampoco nadie podía explicármelo, pero esa noche bajo la casi total ignorancia  de los doce años dormí sobrecogida. Con veinticuatro años las cosas ya no eran las mismas, estudiaba diseño en Nueva York, vivía en un piso de cristales empañados en el down town, había tenido algunos aciertos confeccionando piezas únicas de lencería que me ayudaban a pagar la renta. Leía a Virginia Woolf y Carson McCullers y no tenía mucho tiempo para detenerme ante los anuncios lumínicos en las calles del centro comercial. Sentada con la cabeza apoyada en el escritorio, me cuesta deshacerme de aquella imagen traslúcida. Me levanto descuidada y avanzo con prontitud hacia el librero, saco algunos viejos álbumes donde acumulaba mis poco diestros bocetos de mis primeras faldas y camisetas. Ojeo las páginas empolvadas y de nuevo me satisfacen antiguas remembranzas. El preuniversitario se avalancha contra mi y no me queda otra alternativa que tenderme sobre la madera del piso mientras me eriza la frialdad del tabloncillo. Nostálgicos blue jeans sueltos desde el muslo, camisetas con letreros pop y sandalias de cuero. Vertiginosa vuelvo a amparar la inocencia de la primera vez que dormí con una mujer. Era diez años mayor que yo. Yo tenía entonces dieciocho ese verano. La verdad no sabía mucho más de ella que su preferencia por tomar capuccino, mientras leía débilmente las revistas Vogue. Coleccionaba las prendas que pertenecieron a Cocó gia carangiy olía misteriosamente a Chanel. Permanecí semanas expiándola, después de haberla encontrado paseando por el parque, a través de los breves espacios de la entrepersiana de su habitación. Una hora se tardaba en elegir la ropa adecuada. Tarde era de mayo, mientras trataba de escurrirme silenciosa y cayeron al suelo un montón de revistas que llevaba bajo el brazo. Monique se volteó y apuró el paso hasta la persiana. La abrió sin susto escudriñando y me descubriócon la complacencia y la naturalidad de antiguas conocidas. Monique desapareció y sólo alcancé a ver su silueta entrecortada por las persianas, mientras recomponía mi paquete. La volví a ver el día siguiente sentada frente al portón de la escuela, caminamos juntas hasta su casa. Los contornos de mi cuerpo afloraron tras la suavidad de un vestido, un Dior clásico avolantado que Monique me había colocado sobre la cama. No era una de aquellas imitaciones que Sophie hacía por encargo para las quinceañeras, copiados de las vidrieras de la Gran Plaza. Acostumbrada a las confecciones caseras de mi madre y alas mías propias, aquel vestido de tafetán rojo, se deslizó sin aspereza cuando Monique bajó la cremallera. La figura de Kate Moss retratada en la portada de una revista Elle observó la lentitud con la que entrecruzamos las piernas. Sólo ocurrió una vez y no volví asu casa nunca más., ni ella me esperó nuevamente a la salida del colegio. Con veinticuatro años las cosas ya no son las mismas, he dormido con mujeres y hombres y no comprendo muy bien aún la diferencia. Aquellas imágenes juveniles, andróginas, anoréxicas, junkies, han mantenido mi asombro intacto. Las he amado con la misma precisión del primer día. 

kate moss