La Habana pide “agua”, camará.

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Por Hamlet Fernández Díaz.

En cada Muestra Nacional de Nuevos Realizadores que sucede en La Habana se verifica una producción independiente que crece cuantitativa y cualitativamente sobre los soportes de la tecnología digital. Producción alternativa que se va generando al libre albedrío de nuevos y no tan nuevos realizadores que se las ingenian de las formas más disímiles para financiar sus proyectos, sin tener mucha más posibilidad de acceso a otros circuitos de distribución que los improvisados bancos de películas que se ramifican a todo lo largo y ancho del país. Producción que al final el ICAIC se ha ingeniado legitimar en las muestras de nuevos realizadores, no sin antes ser debidamente depurada.

En la muestra del año 2006 resultó premiado como la Obra más Destacada (Ficción), el corto “Zona Afectada”, de Asori Soto. Quien contaba con dos trabajos más en concurso, “Good Bye, Lolek” (DOC), y “Mosquitos, el documental”, que obtuvo Mención de la AHS (Premios Colaterales). A la producción de Asori habría que sumar “Orbita” (Cortometraje de Ficción); “Tosco, el rey de la Timba” (DOC. Largometraje), sobre el destacado músico cubano José Luis Cortés; y “Vedado”, su primer largo de ficción codirigido junto a Magdiel Aspillaga. Además de otros materiales anteriores como director, guionista y editor, más un pequeño currículo como editor.

VedadoPienso que el esfuerzo de Asori Soto, como el de muchos otros jóvenes cubanos, por concretar una vocación creativa contra viento y marea, ya está en tiempo de ser comentada y apoyada desde la misma generación por quienes se ensayan en la crítica, y prefieren artistas legitimados, antes de arriesgar una opinión sobre una producción en riesgo, ignorando a estas alturas que las generaciones para vencer tienen que conspirar unidas. Es el reclamo de una generación que quiere trabajar y construir nuevas utopías. Una generación que ha tenido que sobreponerse al desconcierto y la falta de expectativas, y que a pesar do todo no renuncia a un futuro construible y esperanzador.

Asori Soto apenas en tres materiales que en conjunto no rebasan los treinta minutos, ha tocado temas de latente sensibilidad en la sociedad cubana. En “Mosquitos, el documental”, se asoma con fino humor a una de las más grandes gestas libradas por este pueblo en los últimos años, la guerra contra el mosquito. En sólo cinco minutos Asori logra mostrar como se organiza molecularmente la Campaña anti-vectores, y como se implementa en la práctica. Lo ingenioso de este minidocumental reside en la forma en que el autor estructura dos discursos en paralelo, que sostienen simultáneamente el hilo de la narración en dimensiones diferentes, pero en una misma dirección, (transmitir el sentido y la importancia de la campaña), ganando una dualidad de connotaciones sobre un mismo fenómeno, a través de un fluir de parlamentos en registros diferentes.

El corto comienza con Lino, un veterano fumigador, parodiando simpáticamente el sonido del mosquito. Seguidamente se presenta a un Jefe de Zona, detrás de su buró de mando, que explica las fases en que se divide la campaña. Este personaje, que es la dimensión oficial, habla en códigos militares, en clave de guerra.  Lino es un típico personaje popular, que se expresa con esa sabrosa soltura y humor de barrio, que socializa sus conocimientos de veterano sobre la naturaleza y hábitos amorosos del mosquito. Lino dialoga como un guerrero al ritmo de marcha del Bolero de Rabel que se escucha de fondo, como ese héroe cotidiano que ha dedicado la vida no importa a qué, pero ahora combate mosquitos. Los dos personajes coinciden en que estamos preparados para cualquier batalla, dentro y fuera, nacional o internacionalmente. 

“Mosquitos, el documental”, consigue mostrar la esencia de un proceso no siempre visible como es la producción de imaginario popular; y lo logra haciendo dialogar a la retórica del discurso de mando y a la subjetividad popular que reproduce este mismo discurso, pero digerido y devuelto en otro tono. Norma y variación de un registro que se impone no como hegemonía difusa, sino como presencia que retumba hasta el cansancio en los oídos de todos, y que logra a la larga dejar su huella en la intersubjetividad de un pueblo. 

Otro de los trabajos de Asori Soto que deseo comentar es el corto de ficción “Zona Afectada” (Obra más Destacada. Ficción. 5ta Muestra Nacional de Nuevos Realizadores. ICAIC. 2006), codirigido junto a Alex Hernández.

“En los últimos tiempos los problemas de agua se han agravado”, se nos adelanta en texto mientras vemos aparecer por una calle estrecha y seca de La Habana Vieja un camión símbolo del preciado líquido. “En Habana y Cuarteles los vecinos dependen del abastecimiento por pipas (camiones cisternas) para almacenar lo que puedan”. Tomás espera sumido en el silencio de su modesto cuarto. El ruido de la pipa lo saca del hastío y desciende por entre las ruinas de su solar cubos en mano. En la calle los vecinos se amontonan como hormigas que luchan por acumular provisiones. Tomás llena sus cubos y emprende uno, dos, tres, cuatro, cinco viajes escaleras arriba una y otra vez hasta llenar un recipiente que sólo se nos muestra al final. La cámara documenta la travesía del héroe cubano. Se prende de su retaguardia y parece halarlo abismo abajo en planos diagonales de contrapicada, juntándonos a todos en su espalda sudada como un peso más. Otras veces lo acompaña solidaria, marcha a su lado, acaricia su fatiga; le camina de frente, lo ala escaleras arriba; o lo mira desde sus pies, lo hace parecer gigante. Tomás se tambalea, derrama agua, pero persiste, alcanza la sima; vierte sus dos últimos cubos en la bañadera de su baño, donde ha estado acumulando el líquido, se desnuda y sumerge en el agua, suspira y sonríe.

La reacción del público que he podido observar en las escasas puestas que ha tenido el corto, ha sido por lo general de burla y desconcierto. Las personas se extrañan de la humana satisfacción de un deseo. El automatismo a que conduce la carestía  de la vida en Cuba cuestiona que lo que podía ser la reserva de agua para dos días se malgaste en un antojo de baño.  Tomás ríe de todos, se sumerge y se libera. Deja de ser un “animal neurótico”, como nos definió  el psicoanálisis freudiano. Hasta qué punto somos capaces de reprimir nuestra tendencia al placer. Según Freud a veces estamos dispuestos a hacerlo hasta grados heroicos. La sociedad nos impone constantemente posponer la satisfacción de placeres inmediatos ante el imperativo de la realidad, que se traduce en trabajo, en aprender e interpretar eficientemente el papel que acabamos representando en la vida; y esto lo hacemos con la ilusión de que después de ciertas metas cumplidas podremos satisfacer todos nuestros deseos, pero muchas veces no alcanza el tiempo para desenterrarlos del lugar oscuro al que los hemos relegado. Vale la pena reconocer la gravedad de la esclavitud. La vida es más ese segundo tras segundo en que construimos el futuro que nos lleva a consumir el presente como máquinas que no reconocen la trascendencia de lo efímero. Tomás encuentra una vía sencilla de escapar de su alienante realidad. Y nos alecciona. Nos muestra otro tipo de paz. Que es posible y necesario reposar en uno mismo, no en felicidades construidas o prometidas a cambio de euforia o ingenuidad.

“Zona Afectada”, es una incitación a la libertad. Un cuestionamiento a nuestras vidas que se agotan en la inconstancia de un entorno enajenado de hastío y desesperanza.

Asori SotoCon el guión y proyecto de cortometraje “La misión”, Asori Soto obtuvo  premio en la Convocatoria de Proyectos de Cinematografía (modalidad Ficción) de los Premios Culturales del 2005 de la Embajada de España. “Orbita” es la realización de este proyecto, con algunas variaciones del guión original. Esta vez Asori se interesa en un tema que desde algunos años se viene convirtiendo en un fenómeno social del presente cubano necesitado de reflexión, las misiones de solidaridad con otros pueblos del mundo. 

Mario trabaja en un consolidado donde aún se resucitan a muchos ventiladores  órbitas, y demás artefactos electrodomésticos sobrevivientes de la era soviética. Una mañana cualquiera en la que Mario se dispone a comenzar su rutina diaria, enmendar ventilador tras ventilador, le avisan que el jefe lo quiere ver en su oficina. A Mario lo han seleccionado para integrar una brigada de seis reparadores de ventiladores para una misión de solidaridad con la República de Togo, a la cual la están azotando grandes olas de calor.  Limara, su joven esposa, pregunta “qué distancia hay de aquí a Togo”, triste y recelosa por la separación que se avecina. “Tenemos que ser fuertes”, le alienta él. En pocas palabras, palabras comunes, de todos los días, se logra transmitir la angustia que los agobia; el miedo de ella, la impotencia de él. Limara le organiza el equipaje, Mario la observa, comienzan a sentirse las primeras notas de la música de Piazzola. Él la agarra por el brazo y se besan como si fuera la última vez. El golpe del cuño en el pasaporte rompe la escena. Mario parte para África, Limara recorre Jalisco Park como una vida más que vaga reconociendo su soledad. A su alrededor todo se pone en movimiento, la cámara viene hacia ella y se detiene en su rostro que se hace figura sobre el fondo de un carrusel de caballitos que cabalgan presos de su circularidad. Asori logra una metáfora que es final y resumen del conflicto que ha intentado expresar. El rostro de la joven se descompone lentamente en dolor, y su vida se descentra y disloca en un mareo de vueltas y vueltas acompañadas de la dulce estridencia de Piazzola.

Habría que destacar el trabajo de fotografía a cargo de Magdiel Aspillaga. Otra vez una cámara en mano que logra planos desembarazados de cualquier estatismo o morosidad. Que desautomatiza la noción cotidiana que tenemos del espacio. Valgan como ejemplos las secuencias iniciales en la terminal tres del aeropuerto, con planos tomados desde los lugares más enrevesados, donde la cámara parece que espía y es espiada a la vez, como si estuviese huyendo de alguien al mismo tiempo que documentando la separación de dos seres que se resisten a despersonalizarse dentro de un espacio que los desdibuja. O la aparición en escena de Luis Alberto García (el jefe de Mario), quien entra a cámara a través de la transparencia azulosa de una pecera. García hace pasar a Mario a su oficina, la cámara se levanta y deja mostrar el espacio de sucias paredes, viejos archivos y un mural seguramente desactualizado, inmediatamente vuelve a enfocar en primer plano a la pecera, detrás queda el rostro de García que reflexiona sobre el origen de la vida mientras observa los peces, y al fondo, en la profundidad de un azul celeste, se ve a Mario, que asustadizo asiente con la cabeza. Esta es una de las imágenes más bellas y creativas que he podido observar en el cine joven cubano.

Asori, con pinceladas de absurdo, cuenta la historia común de dolor y sacrificio ante la separación familiar de los cubanos y cubanas que han brindado sus servicios de muy diferentes formas en cualquier país del mundo. Con tino no acomete una reflexión directa sobre este fenómeno de las misiones y sus consecuencias ya visibles para la sociedad cubana, sino que nos hace llegar a ella de forma indirecta, a través del conflicto por el que atraviesa la pareja que ve en riesgo su proyecto de vida. Una historia de amor truncada es lo que Asori deja flotante en la superficie de un lago de connotaciones más profundas. Después de agonizar junto al rostro de Limara caemos en cuenta de que su derrumbe y desestabilización emocional pude ser símbolo de un derrumbe y desestabilización mayor que nos involucra a todos.

“Orbita”, es sin dudas un esfuerzo logrado. Su estructura narrativa es acertada, y no rehúsa de la linealidad por modismo, sino que la fragmentación de la historia se vuelve productiva y termina siendo totalmente coherente. Consigue una fotografía arriesgada y provocadora. Y tiene la inmensa virtud de comenzar coqueteando sin ningún tipo de prejuicio con los códigos de la comedia tropical,  y mutar hacia un drama con una densidad emocional desgarradora.  

 

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Tosco, el rey de la timba.

Por Hamlet Fernández Díaz. (artículo publicado en La Gaceta de Cuba)

  El documental Tosco, el rey de la Timba, del joven realizador Asori Soto, con fotografía de Magdiel Aspillaga y dirección de arte de Ernesto Oroza, además de su objetivo explícito: mostrarnos sin edulcoramientos al hombre y creador que es en pugna antinómica José Luís Cortés, y juzgar, mediante la armonización de un coro de voces entendidas, la significación de su aporte al vasto y heterogéneo cuerpo de la música popular cubana, es ante todo un paisaje sincero, espontáneo, y muy actualizado de la cultura popular cubana.

  José Luís (el Tosco), es un ejemplo deliciosos, por ser fruto ya maduro que brilla en la cúpula del marasmo, de lo que se puede registrar hoy como uno de los proyectos culturales de más hondas consecuencias en el tiempo llevado a cabo por la Revolución: el haber democratizado el acceso a la formación artística, que en la esfera musical,  propició la formación académica de jóvenes, como es el caso de José Luís Cortés, provenientes de estratos sociales muy humildes y marginales, como su Condado natal: barrio de música, santería y folklore, como él mismo declara en el documental.

  Esta es una perspectiva que no se puede perder de vista al analizar la dimensión estética de su música, porque marca sustancialmente el acto creativo. El mismo define la estructura de sus composiciones como elitistas desde el punto de vista musical, pero con espíritu y sabor popular. Esta dualidad nos da un indicio para develar la contradicción, la pugna de registros culturales, que se intenta todo el tiempo conciliar en la obra de un artista que pese a su formación musical académica, no se puede desprender del solar, del fermento popular, de sus fantasmas más profundos. Cuando este músico hace convivir el registro musical culto, con valores del registro popular legitimado, con expresiones del registro popular subalterno que roza lo marginal; no es una burda estrategia de apropiación de códigos culturales con los que llenar y legitimar un producto artístico. José Luís Cortés no se apropia de lo popular, porque lo popular es constitutivo en él. Y su obra, por tal, es auténtica, porque logra ser síntesis de procesos culturales muy complejos. Por eso su concepto musical resulta tan contemporáneo, tan postmoderno, porque se sirve de la apropiación, de la cita, fusiona desprejuiciadamente lo culto con lo popular, lo de afuera con lo de adentro; pero sin paralelos con los tópicos del historicismo y el reciclaje del arte postmoderno internacional, porque en el Tosco este es un proceso espontáneo, necesario, de supervivencia creativa.

  Uno de los grandes logros de este documental, es precisamente haber deconstruido este fenómeno tan poroso de la cultura cubana actual, con un grado de conciencia irrefutable.

  El relato comienza con un viaje hacia la gloria, hacia el reconocimiento internacional, un viaje que lo sitúa como interlocutor válido de la música universal (secuencias de José Luís en Italia haciendo solos de flauta frente al Coliseo Romano). Y termina con un viaje hacia sus fantasmas, hacia ese espacio azaroso de su niñez, donde aún lo esperan  para corretear los mismos niños ya hoy gastados por los años y la vida dura, que lo reciben como un ídolo y un orgullo de todos. Un viaje que es también un retorno al yo, al mundo de recuerdos reprimidos en el inconciente. Pero José Luís sabe sacar su flauta y esta vez se le ve temblar como a un novato delante de un auditorio que no excede  unos pocos rostros que lo escrutan y callan para escuchar la pieza que él improvisa para ellos, y que titula Orula. Entre estos dos mundos se mueve José Luís Cortés, y con él toda su música. Asori Soto supo pulsar muy bien estos dos grandes contrastes, entre los cuales se tiende un abismo que el Tosco ha sabido llenar con vida y música, entonces, en el medio de dos mundos, él finalmente ha podido construir el suyo.

  El documental nos lleva a ritmo de música por las intimidades de las diferentes etapas de la vida musical de José Luís Cortés. Su período de formación en la ENA y su entrada aún siendo estudiante en los Van Van. Después Irakere, y por último su gran proyecto de toda la vida: N G, La Banda. Asori se detiene también en temas candentes dentro del debate musical: el fenómeno Timba y la labor del Tosco en la consolidación de este concepto; y los ataques de que ha sido objeto la orquesta, y en especial la figura del Tosco, por parte de cierta tendencia de la crítica  que ha querido ver vulgaridad y chabacanería donde una sensibilidad no mellada por el globo del elitismo solo siente refinamiento y poesía popular. La mejor respuesta en este punto la ofrece Carlos Varela cuando dice “que es cierto que existe vulgaridad en la música popular cubana, como también existe vulgaridad en la nueva trova, y hasta en un panfleto político también puede haber vulgaridad, sólo que ese no es el caso de José Luis”. No es el caso de José Luis, porque como dejan claro las opiniones de los nombres importantes de la música cubana que sostienen esta conversación musical,  él no se apropia de lo popular epidérmicamente, sino que crea en un constante proceso de depuración y refinamiento de ese fermento, de ese material  crudo de la cultura que bulle en las calles habaneras. Por tanto su estatus no es de expoliador, sino de cultivador de lo popular.

  Tosco, el rey de la Timba, es sin dudas un documental suigéneris. No es un producto comercial con objetivo estrecho de mera función publicitaria, divulgadora y ensalzadora de la figura y la importancia musical de la obra de José Luis Cortés. Además de problematizar y pulsar temas incómodos, existen pretensiones estéticas, en mi opinión logradas, como el trabajo fotográfico a cargo de Magdiel Aspillada, que como otras veces maneja una cámara libre que provoca irreverentemente, que desembaraza los espacios de los convencionalismos del lenguaje documental, y que se niega a construir apologías narcisistas. También es meritorio el trabajo de edición y montaje. El director logra estructurar una película muy bien equilibrada, viva, dinámica de principio a fin, que nos deja, como el buen arte, con deseos de ver más. Sólo que una política de exhibición realmente estrecha (cuatro funciones contando el estreno), dejó a muchas personas paradas en la acera de la calle Infanta con la frustración tan cotidiana para el cubano de hacer la cola por gusto; pero fue suficiente para demostrar que el documental funcionó como fenómeno comunicativo y fue asimilado sin resistencia alguna por el público habanero.

  Otra arista interesante del documental es que consigue mostrar una zona de la cultura cubana que se hace extremadamente difícil de representar sin caer en las fórmulas de la estetización y el exotismo. Asori en secuencias como las del concierto en la Tropical capta con el mínimo de manipulación que permite el cine, una dimensión performática, lúdica, subalterna, marginal y marginada de la cultura cubana, muy poco visible  en los marcos de la representación artística cubana actual en todas sus manifestaciones. Y este es uno de los valores que hará trascender a esta obra, por el hecho de haberle dado un espacio de reconocimiento desprejuiciado a este espíritu dionisiaco que baila y suda, y gusta del tumulto y del roce, que es violento e impredecible, que se muestra grotesco y morboso; y que es, aunque se pretenda disimular, una fuerza viva y en reproducción que pervive en la cultura cubana.  

  Y finalmente nos quedamos solos, con un hombre solo y su existencia rodante en las decadentes noches por las calles mojadas de La Habana. Asori Soto logra hacernos penetrar lo hondo de la sensibilidad de un hombre, y respirar allí, compartiendo el aire enrarecido por su aliento etílico, los miedos, las frustraciones y la sencillez de un hombre; y salir a flote junto a él, aferrado a su única tabla de salvamento: la música, el arte.  

  La Habana, junio de 2007.